Al sonar de la marimba

WILLIAM GONZÁLEZ GUEVARA: MI ARMA FUE LA PALABRA

“Yo estaba destinado a heredar esa violencia. Y la barrera que se interpuso entre convertirme en pandillero y convertirme en poeta fue la cultura, la literatura y la poesía.”

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Hubo una noche en Miami en la que Nicaragua entera cupo en una sala. Sabor a cacao y repostería tradicional en la mesa, abrazos que no se aprenden en ningún otro país, y un poeta de 26 años probando, quince años después, ese postre tradicional de maíz, queso y canela —la cosa de horno— que lo devolvió de golpe a su infancia.

—Creamos una pequeña Nicaragua. Éramos como una pequeña embajada literaria nicaragüense —cuenta William González Guevara.

Miami fue el punto final de la gira de Cara de crimen, su poemario ganador del VIII Premio Espasa de Poesía, y la primera vez que este filólogo y poeta —criado en Madrid desde los once años— leyó sus versos ante una sala que no era mayoritariamente española.
—Mi literatura es volver a la infancia. Como decía Rilke, la patria es la infancia. Y eso he sentido aquí: el reencuentro con palabras como cabanga, deacachimba. En mi poesía hay un razonamiento nostálgico muy grande —reflexiona.

Para entender por qué lo recibieron los reyes de España, y por qué su obra está vetada en Nicaragua, hay que volver a Managua.

El niño que estaba destinado a otra cosa
 

Año 2007, barrio San Luis Sur, Managua. William cuenta que tenía siete años cuando presenció, a pocos metros, cómo un pandillero mataba a otro.

—Ahí mi vida se fractura. La inocencia de un niño de siete años se fractura. Conozco la violencia tan temprano que no le tengo miedo —recuerda, sin dramatismo.

En San Luis Sur, Managua, los González eran un apellido temido. Sus primos fundaron una pandilla: los Sumi. El destino de William, hijo del apellido, hermano del barrio, parecía escrito antes de que él pudiera leerlo.

—Yo estaba destinado a heredar esa violencia. Y la barrera que se interpuso entre convertirme en pandillero y convertirme en poeta fue la cultura, la literatura y la poesía —dice William.

Esa barrera tenía forma de mueble. Unas gavetas viejas y amarillentas, en la casa familiar, guardaban Azul… de Rubén Darío, los Cantos de vida y esperanza, antologías de poesía nicaragüense. Ahí, mientras afuera la calle hervía, se encerraba el niño con los libros.

—Muchas veces no las entendía, pero eran un refugio. En la calle había una balacera y yo estaba tan metido en un poema que no escuchaba ni los disparos. Me salvaron los libros, y sobre todo me salvaron las mujeres que guiaron mi camino —recuerda.

Las cariátides
 

Las llama así, con palabra de arquitecto: cariátides, las columnas con forma de mujer que sostienen el peso de un templo. En su caso sostienen una vida entera: su madre, Jenny; sus dos hermanas; su abuela.

La historia de su madre es una que cualquier hijo de inmigrante reconoce: la de las mujeres latinoamericanas que llegaron a Europa o a Estados Unidos buscando una vida mejor. Llegó a España a principios de los 2000 y se dedicó a la limpieza. Perdió las huellas dactilares fregando escaleras, recuerda William.

—Esa mujer que limpió casas ve a su hijo en el Palacio Real, recibido por los reyes. El primer centroamericano —y el más joven— del mundo de la cultura recibido en España —dice, con orgullo.

Pero la lección más honda no vino de una universidad, sino de su abuela —analfabeta— que le recitaba a Rubén Darío de memoria, marcando el tempo del verso con la voz, sin saber leer. Ya filólogo, descubriría que los griegos hacían lo mismo: recitar marcando la métrica. Su abuela había heredado esa tradición oral sin saberlo. Para ella, cuenta William, no hay mejor poeta en Nicaragua que su nieto.

Crecer entre mujeres, sin un padre, le enseñó a escribir sin levantar la voz.

—Jamás he escuchado un grito de un hombre en casa. Mis hermanas apostaron por la cultura, mi madre apostó por la poesía. Soy de una familia monoparental, pero eso no me ha perjudicado: me ha fortalecido —afirma.

 Cara de crimen: sentarse frente al asesino
 

Para escribir el libro que él mismo pudo haber protagonizado en lugar de firmar, William se sentó cara a cara con 35 sicarios. Recorrió Centroamérica durante cinco años, con sus ahorros, con una grabadora sobre la mesa y otra en el suelo, “por si la de arriba no funcionaba”. Lo hizo, dice, para saldar una deuda: el pandillero que retrataba pudo haber sido él.

—Sentarte con un asesino que saca un arma y la pone sobre la mesa, a la altura de tu corazón… puedes perder la vida. Y me la juego no por un reportaje, sino por un poemario —admite.

No buscaba el morbo, sino algo más difícil de nombrar: que muchos sicarios son adolescentes que matan a los quince, a los dieciocho, y que detrás de cada uno hay un niño que existió antes.

—Ese pandillero tiene una humanidad. Si el chaval tiene quince años, en algún momento fue feliz, en algún momento sintió el amor de sus padres. La parte humana del sicariato me interesaba, no el amarillismo —explica.

Les preguntaba por la infancia, por la última vez que fueron felices, y los sicarios se abrían. De esas confesiones salieron los poemas del libro, donde el sicario aparece como persona y no como cifra. El proceso, sin embargo, lo marcó: llegó a normalizar la violencia que escribía.

—Me iba a dormir al hotel y a veces tenía pesadillas. Los lectores me han deshumanizado porque me senté con asesinos. Pero yo también siento, yo también tengo miedo. Soy humano.

Lo sostuvo, dice, una sola cosa:

—A mí me puedes quebrar todo el corazón, excepto la fe. Es lo que guía mi vida.

No cree que un poema cambie el mundo, pero sí que mueve conciencias: en Zaragoza, al terminar una presentación en un instituto, jóvenes metidos en pandillas se le acercaron para decirle que iban a replantearse ciertas cosas.

Hay, sin embargo, unos lectores que ningún otro poeta tiene: los sicarios, pandilleros, asesinos que pueblan sus versos. Como sus propios primos, los que fundaron los Sumi. Cuando se le pregunta si les mostraría el libro que los nombra, no titubea

—Sí. La han leído.

Lo dice y no añade nada más. En esas cuatro palabras cabe la distancia entre el niño de las gavetas y el hombre que volvió a mirar de frente lo que dejó atrás.

Nicaragüense de nacimiento, español de vida

Hay una frase de su editor que William ha hecho suya, y que cualquier hijo de inmigrante reconocerá como propia: nicaragüense de nacimiento, español de vida.

—Mi identidad no tiene nombre. Hay nicaragüenses que me critican por el acento. Pero la expresión no define mi amor a Nicaragua.

Lo que sí lo define, argumenta, es lo que hace desde 2022 sin buscar beneficio económico ni galardones: llenar auditorios en España para que seiscientos jóvenes en un recital madrileño, salgan sabiendo que Nicaragua existe, que vive bajo una dictadura y que dio al mundo a Rubén Darío. Eso, insiste, lo hace más nicaragüense que pelear por una bandera.

Y entonces señala lo que él mismo llama una herida:

—El 99 % de mis lectores son españoles. A mí no me lee gente de Nicaragua. Es una herida. ¿Apoyamos de verdad a los autores jóvenes nicaragüenses, a la literatura que se hace en el exilio? —pregunta.

El abrazo que no se compra en ninguna tienda

Es su primera vez en Miami, y al entrar a un restaurante no mira el menú: mira a quien limpia, a quien atiende, a quien abre camino con su primer trabajo.

—En la cara cansada de una señora nicaragüense que limpia hoteles, yo veo a mi madre. Me interesan las historias de las invisibles —dice. Las invisibles y los invisibles —como él mismo

los llama— son los mismos que dan título a su primer poemario, Los Nadies: hijos de inmigrantes entre dos mundos, los que viven con un pie en cada orilla. A ellos les deja una teoría de la supervivencia:

—Cada uno tiene que llevar su patria por donde vaya. Si de algo estamos orgullosos los nicaragüenses es de nuestra tradición literaria. Cuidemos nuestra cultura y apoyemos la literatura joven.

Sobre quién querría que lo leyera en veinte años, no nombra academias:

—Quiero que sigan sintiendo que fui un poeta comprometido con su tiempo, con los inmigrantes que buscan su camino en Miami o en Madrid, con la señora que limpia casas para comprarle a su hijo libros de poesía.

El niño que pudo ser un Sumi terminó siendo, para su abuela, el poeta más grande de Nicaragua. Entre un destino y el otro solo hubo una gaveta amarillenta de libros y unas mujeres que apostaron por ellos. Lo demás vino después.

Pero si le preguntan qué echa de menos de su país, no nombra reyes ni premios. Nombra el abrazo de su abuela: aquel que, sin saberlo del todo entonces, fue también una despedida. ▄

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@williamalex_26

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