Al sonar de la marimba

By Ligia M. Houben

Hay momentos que cambian nuestra vida para siempre.

Un desastre natural, como un terremoto, puede transformar la vida en cuestión de segundos. Lo que hasta hace un instante parecía seguro deja de serlo. Cambian los hogares. Cambian los planes. Y, para muchas familias, la vida queda dividida en un antes y un después.

Hoy mi corazón está con Venezuela.

Está con quienes lloran la muerte de un ser amado. Con quienes todavía esperan noticias de un familiar o un amigo. Con quienes perdieron su hogar, sus recuerdos más preciados o esa sensación de seguridad que todos necesitamos para vivir. También está con quienes viven en otros países y pasan estas horas con angustia, esperando una llamada o un mensaje que les confirme que sus seres queridos están bien, o se sienten con el corazón destrozado al ver tantas imágenes de destrucción y dolor.

Cuando me enteré de este terremoto, inevitablemente me acordé del devastador terremoto que destruyó Managua, la capital de mi querida Nicaragua, en 1972. Yo tenía 13 años y todavía recuerdo el miedo, la incertidumbre y cómo, en cuestión de segundos, nuestras vidas cambiaron para siempre. En esa tragedia se perdieron miles de vidas.

Quizás por eso hoy les escribo no solo como tanatóloga, sino también como alguien cuya vida fue marcada por un terremoto.

Hoy pienso en cada familia venezolana que está atravesando ese mismo miedo.

Porque un terremoto no termina cuando deja de temblar la tierra. Para muchas personas, el verdadero reto comienza después.

Comienzan las preguntas.

Comienza el miedo.

Comienza la incertidumbre.

Tal vez hoy tengás miedo de volver a entrar a tu casa. Quizás cada temblorcito que pueda haber haga que tu corazón vuelva a acelerarse. Es posible que te cueste dormir y que cualquier ruido inesperado te haga pensar que todo está ocurriendo otra vez.

Y si hoy estás llorando la muerte de un ser amado, quisiera poder abrazarte y darte mi apoyo. No existen palabras capaces de aliviar un dolor tan profundo. A veces, lo que más necesitamos no son respuestas, sino alguien dispuesto a sentarse a nuestro lado y acompañarnos en el silencio.

A lo largo de tantos años acompañando a personas en duelo, y habiendo experimentado este tipo de pérdida devastadora, he aprendido que una tragedia como esta trae consigo mucho más que la pérdida de vidas humanas.

También trae la pérdida de la tranquilidad.

La pérdida de la seguridad.

La pérdida de recuerdos familiares irremplazables.

La pérdida de sueños y proyectos.

La pérdida de la confianza de que mañana será un día como cualquier otro.

Son pérdidas de las que pocas veces hablamos, pero que también necesitan ser reconocidas y validadas.

Quizás hoy llorás.

Quizás no podés llorar.

Quizás sentís enojo.

O ansiedad.

O tal vez sentís que estás viviendo una pesadilla de la que todavía no despertás.

Cada corazón responde de manera diferente.

Y todas esas reacciones son profundamente humanas.

También pienso en quienes viven fuera de Venezuela.

Sé que la distancia también duele.

Tal vez llevás horas intentando comunicarte con tu familia. Quizás esperás un mensaje que todavía no llega. Tal vez darías cualquier cosa por estar allí abrazando a las personas que amás. Incluso podrías sentir culpa por lo que están viviendo tus compatriotas mientras vos estás lejos y a salvo.

Y también pienso en quienes, al ver esta tragedia, sienten miedo. Los desastres naturales nos recuerdan lo frágil que es la vida. Nos hacen pensar en las personas que amamos y nos confrontan con una realidad que ninguno de nosotros puede controlar.

Muchas personas me han preguntado en estos días:

«¿Cómo puedo ayudar?»

La verdad es que ayudar no siempre requiere hacer algo extraordinario.

A veces es una llamada.

Un mensaje.

Escuchar sin apresurarnos a dar consejos.

Simplemente preguntar:

«¿Cómo estás?»

«¿Qué necesitás hoy?»

Si está a nuestro alcance, también podemos ayudar con alimentos, medicamentos, refugio o apoyo económico a través de organizaciones de confianza.

Pero hay algo que espero que nunca olvidemos.

Nuestro apoyo no debería terminar cuando las cámaras de televisión se alejan del lugar de la tragedia y dejan de transmitir de manera constante.

Con frecuencia, las semanas y los meses que siguen son los más difíciles. Es entonces cuando muchas personas comienzan a sentirse solas y olvidadas.

Seguí llamando.

Seguí preguntando cómo están.

Seguí estando presente.

Cuando ocurre una tragedia, nuestras diferencias pasan a un segundo plano y lo que realmente nos une es nuestra humanidad.

Una tragedia como esta nos recuerda lo valiosa y frágil que es la vida.

El amor importa.

La compasión importa.

La bondad importa.

Estar presentes los unos para los otros importa.

En momentos como estos, quiero llevar un mensaje de esperanza y de presencia. Creo profundamente en la capacidad que tenemos los seres humanos de apoyarnos mutuamente cuando más lo necesitamos.

Si hoy tu corazón está temblando, tratate con compasión.

Permitite llorar.

Permitite recibir ayuda.

Y cuando estés listo, permitite también convertirte en una fuente de esperanza para alguien más.

No podemos cambiar lo que ha sucedido.

Pero sí podemos elegir cómo cuidarnos y acompañarnos unos a otros a partir de hoy.

Quizás…

ahí es donde comienza la esperanza.

Con todo mi cariño,

Ligia M. Houben

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